Vida de perros
Capítulo 1: El mejor amigo del hombre
Cada vez que salgo de mi casa, lo veo echado, esperando el sol o quién sabe a quién… es el ‘chico feo’, como le digo yo al pequinés de dudoso pedigree que vive frente a mi casa.
Es feo el pobre, con ese pelo de mil colores, con las bolitas cafés mirándote fijo y con sus colmillos inferiores saliendo de su hocico (que no resultan nada amenazantes, sino más bien cómico).
Cuando llegué a vivir a esa casa, el ‘chico’ andaba para arriba y para abajo con su amigo, un kiltro de indescifrable origen y de tamaño mediano.
Hace unos meses la familia que vivía ahí decidió cambiarse a otra parte y arrendar. Se llevaron al kiltro más flaco y grande, pero dejaron al pobre ‘chico’ solo. De un día para otro, se quedó sin casa, sin familia y sin su amigo…
Capítulo 2: ¿Dónde van los perros tan apurados?
Fría mañana de no sé qué mes. Aburrida, miraba por la ventana de la micro, mientras algo sonaba en mi mp3. De la nada, como suelen hacerlo, aparece el típico quiltro apurado. Patita, patita, patita… rápidas y veloces patitas, que lo llevaban quién sabe hacia dónde.
¿Dónde irán los perros tan apurados? ¿A una reunión de perros, como me decía mi mamá cuando era pequeña?
La micro avanza lenta y cuadra tras cuadra mi ‘amigo perro’ sigue corriendo presuroso. De repente se para en seco y, decidido como el que más, se sienta… en la fila del banco.
Capítulo 3: Todos los perritos se van al cielo
Equivalente a cuando las señoras que van en la micro se persignan ante un par de palos cruzados o ante una iglesia, es mi pequeña y silenciosa oración cada vez que veo un perro atropellado.
¿La escuchará alguien? No lo sé, pero ahí la mando yo, al vacío interestelar porque creo firmemente que el perro en cuestión se la merece.
¿Hay algo más triste que una muerte en el más completo abandono? Los pequeños vagabundos de la ciudad mueren todos los días solos, agonizan y entregan su alma en el más completo de los abandonos, para que luego sus restos viejos y cansados vayan a parar a un vertedero…
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos los muertos.
(Fragmento de la rima LXXXIII, de Gustavo Adolfo Bécquer)