La libertad se aprende
"Toda convicción es una cárcel".
Friedrich Nietzsche
Si tuviera que elegir una sola cosa que agradecerle a mi papá, sin duda diría que su enseñanza más profunda, la que caló más hondo en mi, la que me ha dado tremendos quebraderos de cabeza, pero también tremendas satisfacciones y conocimientos fue la de leer, conocer, informarme, saber argumentar y poder elegir en libertad lo que fuera, desde creencias religiosas hasta tendencias políticas.
Mi padre toda su vida fue un buscador de lo que él consideraba “la verdad”. Siendo muy pequeño se alejó de la religión católica en la que lo había criado mi abuela y se convirtió en un “comecuras” (algo bastante justificado después de la mala experiencia que tuvo). Sin embargo, no dejó de buscar ese algo “superior” que él creía que existía.
No sé bien por cuántas creencias pasó mi papá, pero sé que fue un tema constante en su vida y que jamás dejó de leer y averiguar cosas. En casa había libros de metafísica, yoga, budismo e hinduismo. Recuerdo el viejo Buda chino que estaba sobre la repisa del living, con sendos velones y lleno de monedas de un peso a sus pies. En pleno pololeo con mi mamá, la convenció de seguir un curso de yoga con él en toda la onda mística-filosófica del asunto.
De las fotos que conservo de mi papá hay un par en las que aparece al lado de una especie de gurú hindú parecido al maharishi y todavía recuerdo la vez que, intruseando en la cómoda, encontré uno de esos delantales freaks que usan los masones. Mi papá era un caso.
Pero lo bueno de este camino que eligió mi papá de buscar durante toda su vida, es que no me impuso ninguna enseñanza religiosa predeterminada. Al contrario, siempre me alentó a leer todo lo que pudiera, a conocer y a pensar… y a elegir lo que yo quisiera. Y eso hice.
De niña iba en un colegio donde la enseñanza de la religión católica era opcional. Mi papá, que era también mi apoderado, decidió que yo no asistiera a esas clases. Al principio me molestó. Tenía unos 8 años y me molestaba no sentirme parte del grupo, tener que marginarme de ellos junto a un par de compañeros que eran Testigos de Jehová. Claro, era pequeña y no terminaba de entender las razones que me daba mi papá en ese entonces: “ahí te enseñan una sola religión, una sola creencia, una sola historia, pero hay más y cuando seas grande y hayas leído y visto más cosas podrás decidir y elegir por ti misma. O incluso no elegir nada”.
Cuando tenía 10 años mis papás se separaron y mi mamá pasó a ser mi apoderada. Lo primero que le pedí fue que me inscribiera en la clase de religión. Pero estuve solamente 2 años y justo me tocó la profesora más pesada. No recuerdo casi nada de ese período, salvo el sentirme bien por haber elegido algo que no me apartaba de mis compañeros (y arrepentirme al poco tiempo =P).
A los 12 nos cambiamos de comuna, casa y colegio. Terremoto grado 10. Mi mamá eligió un colegio católico que (lamentablemente) en los barrios más pobres son la alternativa educacional más conveniente en cuanto a precio/calidad. Pero había un problema: en el colegio no me aceptaban si es que antes no me comprometía a bautizarme y a hacer la primera comunión, por muy buenas que fueran mis notas. Mi mamá me ofreció buscar otro, pero yo quise quedarme ahí pensando que qué tan malo podría ser.
Y comencé a ir a las famosas catequesis y, extrañamente (o quizás no tanto), el tema comenzó a interesarme. Y me hice católica. No por presión familiar ni por tradición: porque yo lo elegí.
Fui católica de misa dominical por un año más o menos. Me aprendí la misa de memoria y, les digo, realmente lo disfrutaba. Era para mí todo eso que los curas cool dicen en las entrevistas cuando hablan de la alegría, el gozo, la entrega y blablablá. Así me sentía yo, la niña todavía mora en su capillita de barrio*.
Al año las explicaciones de los guías de catequesis me parecían absurdas y la iglesia como institución me daba asco. Sin embargo seguí creyendo.
Fui lo que llaman “católico a mí manera”, fui de esos medios hippies que andan viendo a Dios en las florcitas y los pajaritos, creí que Jesús era un santurrón buena onda, creí que Dios era un especie de energía universal que hace que el mundo se mueva. Creí muchas cosas, pero ninguna me satisfizo. Siempre terminaba cuestionándola y cuestionándome y siempre volvía a recordar las palabras de mi papá: finalmente se trataba de mi elección. Mi libertad.
Por eso mi espíritu más bien escéptico nunca ha estado más cómodo que con su nuevo traje de atea comegatitos. No digo que la búsqueda fuera inútil, al contrario, me sirvió para conocerme a mí misma, para leer un montón de cosas (me encanta la literatura religiosa**). No me arrepiento de mi año como católica practicante porque realmente lo disfruté, aprendí cosas y porque si no lo hubiera vivido no podría criticar las religiones de la misma forma.
Tampoco digo que todo esto haya sido una especie de “evolución” donde haya llegado a una especie de “estado superior” con respecto a los creyentes. Quizás termine mis días siendo una devota de la Virgen de la Santa Cachucha, quién sabe. Supongo que cada uno tiene el dios que quiere, que busca o que se merece. A lo que voy es que yo pude hacer todas estas elecciones porque tuve una familia y, sobre todo, un padre que me dio esa libertad desde que era pequeña, la libertad que muchos niños no tienen.
La gran mayoría de las personas cree, casi por default, en algo. La mayoría de los que por aquí pasen seguramente tendrá una formación cristiana y estén bautizados (incluso en más de una fe). Es cierto, eso dice poco de la persona y de los cambios que pueda experimentar a lo largo de su vida, pero ¿cuánto se tardaron en descubrir que creer puede ser una elección? ¿para cuántos de ustedes es simplemente “normal” ser cristiano o católico? ¿cuántos han tenido la real oportunidad de elegir en qué creer?
Hace poco veía un video de una psicóloga gringa que se dedica a tratar a gente traumada por las visiones extremistas de muchos grupos evangélicos. Lamentablemente, algunas de estas confesiones les meten a los niños ideas horrorosas sobre el infierno, provocándoles desde pesadillas hasta verdaderos traumas que les impiden llevar una vida adulta normal. La propia psicóloga confesaba haber sido víctima de este tipo de trato por parte de sus padres y no dudaba en calificarlo de abuso infantil.
No creo que creer en algo sea de por sí malo, el problema es, por un lado la imposición de una visión de vida que, cuando es enseñada desde tan temprana edad se normaliza, haciendo que muchas personas crean que pensar o actuar de determinada manera sea “lo obvio”. Por otra parte es todo lo que ello implica: la mejor cara del asunto (es obvio amar al prójimo) y la peor (es obvio amarrarme un cinturón de explosivos y hacer volar a unas cuantas personas porque es obvio que luego me iré al paraíso de los mártires donde 72 vírgenes esperan por mí).
Para mí no es obvio educar a los hijos en alguna creencia. No es obvio bautizarlos. No es obvio que aprendan la historia de una sola religión existiendo tantas (y más entretenidas que la católica/cristiana). Creo que las personas tienen el derecho y el deber de informarse, aprender, elegir y creo que nadie debería coartar ese derecho.
* Aunque ahora ni yo me lo crea, en algún momento durante esa etapa de mi vida pensé en ser monja misionera. Lo prometo.
** Mi sueño es dedicarle toda un sección de mi futura biblioteca
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