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martes, 2 de febrero de 2010

La libertad se aprende

"Toda convicción es una cárcel".
Friedrich Nietzsche

Si tuviera que elegir una sola cosa que agradecerle a mi papá, sin duda diría que su enseñanza más profunda, la que caló más hondo en mi, la que me ha dado tremendos quebraderos de cabeza, pero también tremendas satisfacciones y conocimientos fue la de leer, conocer, informarme, saber argumentar y poder elegir en libertad lo que fuera, desde creencias religiosas hasta tendencias políticas.

Mi padre toda su vida fue un buscador de lo que él consideraba “la verdad”. Siendo muy pequeño se alejó de la religión católica en la que lo había criado mi abuela y se convirtió en un “comecuras” (algo bastante justificado después de la mala experiencia que tuvo). Sin embargo, no dejó de buscar ese algo “superior” que él creía que existía.

No sé bien por cuántas creencias pasó mi papá, pero sé que fue un tema constante en su vida y que jamás dejó de leer y averiguar cosas. En casa había libros de metafísica, yoga, budismo e hinduismo. Recuerdo el viejo Buda chino que estaba sobre la repisa del living, con sendos velones y lleno de monedas de un peso a sus pies. En pleno pololeo con mi mamá, la convenció de seguir un curso de yoga con él en toda la onda mística-filosófica del asunto.

De las fotos que conservo de mi papá hay un par en las que aparece al lado de una especie de gurú hindú parecido al maharishi y todavía recuerdo la vez que, intruseando en la cómoda, encontré uno de esos delantales freaks que usan los masones. Mi papá era un caso.

Pero lo bueno de este camino que eligió mi papá de buscar durante toda su vida, es que no me impuso ninguna enseñanza religiosa predeterminada. Al contrario, siempre me alentó a leer todo lo que pudiera, a conocer y a pensar… y a elegir lo que yo quisiera. Y eso hice.



De niña iba en un colegio donde la enseñanza de la religión católica era opcional. Mi papá, que era también mi apoderado, decidió que yo no asistiera a esas clases. Al principio me molestó. Tenía unos 8 años y me molestaba no sentirme parte del grupo, tener que marginarme de ellos junto a un par de compañeros que eran Testigos de Jehová. Claro, era pequeña y no terminaba de entender las razones que me daba mi papá en ese entonces: “ahí te enseñan una sola religión, una sola creencia, una sola historia, pero hay más y cuando seas grande y hayas leído y visto más cosas podrás decidir y elegir por ti misma. O incluso no elegir nada”.

Cuando tenía 10 años mis papás se separaron y mi mamá pasó a ser mi apoderada. Lo primero que le pedí fue que me inscribiera en la clase de religión. Pero estuve solamente 2 años y justo me tocó la profesora más pesada. No recuerdo casi nada de ese período, salvo el sentirme bien por haber elegido algo que no me apartaba de mis compañeros (y arrepentirme al poco tiempo =P).

A los 12 nos cambiamos de comuna, casa y colegio. Terremoto grado 10. Mi mamá eligió un colegio católico que (lamentablemente) en los barrios más pobres son la alternativa educacional más conveniente en cuanto a precio/calidad. Pero había un problema: en el colegio no me aceptaban si es que antes no me comprometía a bautizarme y a hacer la primera comunión, por muy buenas que fueran mis notas. Mi mamá me ofreció buscar otro, pero yo quise quedarme ahí pensando que qué tan malo podría ser.

Y comencé a ir a las famosas catequesis y, extrañamente (o quizás no tanto), el tema comenzó a interesarme. Y me hice católica. No por presión familiar ni por tradición: porque yo lo elegí.

Yo habría sido muy feliz con una clase de historia de las religiones. Pero cuando es sólo una, la cosa se vuelve monotemática.

Fui católica de misa dominical por un año más o menos. Me aprendí la misa de memoria y, les digo, realmente lo disfrutaba. Era para mí todo eso que los curas cool dicen en las entrevistas cuando hablan de la alegría, el gozo, la entrega y blablablá. Así me sentía yo, la niña todavía mora en su capillita de barrio*.

Al año las explicaciones de los guías de catequesis me parecían absurdas y la iglesia como institución me daba asco. Sin embargo seguí creyendo.

Fui lo que llaman “católico a mí manera”, fui de esos medios hippies que andan viendo a Dios en las florcitas y los pajaritos, creí que Jesús era un santurrón buena onda, creí que Dios era un especie de energía universal que hace que el mundo se mueva. Creí muchas cosas, pero ninguna me satisfizo. Siempre terminaba cuestionándola y cuestionándome y siempre volvía a recordar las palabras de mi papá: finalmente se trataba de mi elección. Mi libertad.

Por eso mi espíritu más bien escéptico nunca ha estado más cómodo que con su nuevo traje de atea comegatitos. No digo que la búsqueda fuera inútil, al contrario, me sirvió para conocerme a mí misma, para leer un montón de cosas (me encanta la literatura religiosa**). No me arrepiento de mi año como católica practicante porque realmente lo disfruté, aprendí cosas y porque si no lo hubiera vivido no podría criticar las religiones de la misma forma.



Tampoco digo que todo esto haya sido una especie de “evolución” donde haya llegado a una especie de “estado superior” con respecto a los creyentes. Quizás termine mis días siendo una devota de la Virgen de la Santa Cachucha, quién sabe. Supongo que cada uno tiene el dios que quiere, que busca o que se merece. A lo que voy es que yo pude hacer todas estas elecciones porque tuve una familia y, sobre todo, un padre que me dio esa libertad desde que era pequeña, la libertad que muchos niños no tienen.

La gran mayoría de las personas cree, casi por default, en algo. La mayoría de los que por aquí pasen seguramente tendrá una formación cristiana y estén bautizados (incluso en más de una fe). Es cierto, eso dice poco de la persona y de los cambios que pueda experimentar a lo largo de su vida, pero ¿cuánto se tardaron en descubrir que creer puede ser una elección? ¿para cuántos de ustedes es simplemente “normal” ser cristiano o católico? ¿cuántos han tenido la real oportunidad de elegir en qué creer?

Hace poco veía un video de una psicóloga gringa que se dedica a tratar a gente traumada por las visiones extremistas de muchos grupos evangélicos. Lamentablemente, algunas de estas confesiones les meten a los niños ideas horrorosas sobre el infierno, provocándoles desde pesadillas hasta verdaderos traumas que les impiden llevar una vida adulta normal. La propia psicóloga confesaba haber sido víctima de este tipo de trato por parte de sus padres y no dudaba en calificarlo de abuso infantil.

No creo que creer en algo sea de por sí malo, el problema es, por un lado la imposición de una visión de vida que, cuando es enseñada desde tan temprana edad se normaliza, haciendo que muchas personas crean que pensar o actuar de determinada manera sea “lo obvio”. Por otra parte es todo lo que ello implica: la mejor cara del asunto (es obvio amar al prójimo) y la peor (es obvio amarrarme un cinturón de explosivos y hacer volar a unas cuantas personas porque es obvio que luego me iré al paraíso de los mártires donde 72 vírgenes esperan por mí).

Para mí no es obvio educar a los hijos en alguna creencia. No es obvio bautizarlos. No es obvio que aprendan la historia de una sola religión existiendo tantas (y más entretenidas que la católica/cristiana). Creo que las personas tienen el derecho y el deber de informarse, aprender, elegir y creo que nadie debería coartar ese derecho.



* Aunque ahora ni yo me lo crea, en algún momento durante esa etapa de mi vida pensé en ser monja misionera. Lo prometo.
** Mi sueño es dedicarle toda un sección de mi futura biblioteca

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jueves, 26 de noviembre de 2009

Vida, muerte y lo que hay entremedio

“But now I have come to believe that the whole world is an enigma, a harmless enigma that is made terrible by our own mad attempt to interpret it as though it had an underlying truth”.
Umberto Eco

Lamento no haber publicado nada recientemente, he estado bastante ocupada en estos días sobre todo debido a un hecho en particular: el nacimiento de los hijos de mi gata. Sucedió el sábado a eso de mediodía y realmente fue algo maravilloso. Yo ya había visto nacer antes a gatitos (los hijos de la Niña), pero de eso ya han pasado unos 10 años y ahora volví a emocionarme.

No sé si a ustedes les ha pasado, pero estar presente en algún nacimiento debe ser uno de los instantes más mágicos de la vida. Es curioso, pero ahora que escribo de esto y trato de describir lo que sentí en esos momentos, lo primero que se me vino a la mente fue una imagen de muerte: la imagen de mi padre en el ataúd.

Son momentos de cambios profundos, de tránsitos entre lo que no conocemos y este mundo, entre ese vientre oscuro donde se formaron esas 4 ratitas a partir de un par de células y la posibilidad de poder verlas y acariciarlas. Pero también es el proceso inverso, ese por medio el cual algo que estaba vivo pierde esa llama.

También me pasó cuando murió mi gatita, hace poco. Yo sostuve su cabeza entre mis manos y no paré de hacerle cariño, mientras el veterinario aplicaba distintas inyecciones que finalmente la dormirían para siempre. Primero sus ojos se cerraron y después su respiración se fue haciendo cada vez más débil, más lenta, más tenue, hasta que ya no respiró más. Y entonces eso a lo que acariciaba seguía siendo el cuerpo del ser querido, pero ya no era mi gata, era ‘algo’ a mitad de camino entre lo que amaba y materia en proceso de descomposición.

Cuando mi papá agonizaba en el hospital volvió a ocurrir, pero esta vez el proceso fue tan lento que parecía que no avanzaba. Durante un poco más de mes y medio, mi papá estuvo inconsciente, postrado en una cama, conectado a diversas sondas que introducían y extraían sustancias de su ser. Ese cuerpo era el de mi padre, pero lo cierto es que cada día que pasaba se asemejaba menos a mi padre. Era como si los rasgos fuesen perdiendo esa fuerza vital que los animaba... como si una parte se hubiese ido, dejando a la otra sin carácter propio.

El proceso culminó el día que lo ví en el ataúd. Era mi padre, por supuesto que era él, pero al mismo tiempo era un cuerpo, una parodia de ser humano, un ‘algo’, no un ‘alguien’.

Es difícil de explicar, pero me pasa que en estos momentos tan disímiles entre sí he sentido esa puerta, ese límite entre lo que somos y cuando ya no se es, entre lo que no estaba y lo que ahora vive. Es como cuando lees Frankenstein en el momento cúlmine, cuando ese constructo, ese amasijo de carne se vuelve un ser viviente y aún así nos enfrentamos al misterio del ‘qué es eso’, y nos quedamos pasmados ante el hecho tan simple de la vida. Tan simple, pero que lo es todo.



“El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado”.
Mahatma Gandhi

*Imagen sacada de http://redjuice.deviantart.com/art/Life-and-death-49885704

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domingo, 20 de septiembre de 2009

La Niña de mis ojos

Estaba destinada a otra familia, a otra casa, a otra vida. Y sin embargo, se quedó conmigo. Hacía un poco más de un mes que se había muerto mi gatito cuando la vi. Debe haber tenido unos tres meses y era una cosa chiquita y moteada. “¿Viste que lindo el gatito que botaron?” le comenté a mi mamá lo suficiente como para que se le ocurriera que ir a buscarlo sería una buena idea. Salieron una tarde con mi tía y al rato regresaron con el tesoro. No fue necesario convencerla mucho: al poco tiempo ya nos había adoptado.

Después nos enteramos que una vecina de varias casas más allá la había traído como regalo para una amiga, pero la Niña se le escapó de la bolsa, sellando para siempre su destino. Y el mío.

No sé porqué le puse Niña, supongo que fue lo primero que se me vino a la mente y lo disculparé escudándome en mis cortos 14 años. Fue ella la que estuvo a mi lado en uno de los momentos más difíciles de mi vida, cuando recién me había cambiado de casa y de colegio, y sentía que no pertenecía a ese nuevo mundo. Ella fue mi muda compañera, testigo de tantos llantos.


Era vivaz, inteligente y porfiada como ella sola: si algo se le metía en la cabeza no había forma de sacárselo. Ya no sé bien cómo sucedió, pero lo cierto es que se convirtió en la reina de la casa, tirana y ama absoluta de nuestros dominios familiares.

Tenía técnicas para todo: si tenía hambre, entonces iba a la cocina, tomaba con su patita la puerta del mueble del lavaplatos (donde guardábamos su comida), la apartaba y la soltaba para que sonara. Con 2 ó 3 de esos ya tenía suficiente: sabíamos que tenía hambre y había que llenarle el plato.

Si tenía frío se echaba justo en el lugar donde siempre poníamos la estufa; si quería entrar a la casa daba unos suaves golpecitos a la puerta que yo me acostumbré a identificar de los otros que hacía el viento.

Cuando se enojaba conmigo, me miraba con desprecio y se echaba dándome la espalda. Me hacía sentir tan mal que buscaba una forma para que me disculpara.

Nunca fue muy cariñosa, pero curiosamente ese mismo hecho hacía que sus extrañas y aisladas muestras de afecto fueron valiosísimas para mí. Un par de veces al año se ponía mimosa: dormía en mi cama, ronroneaba, dejaba que la acariciaran mucho rato y me miraba con ojitos brillosos. El resto del año, su dignidad real se lo impedía.

Sin embargo, cuando se sentía indefensa, siempre recurrió a mí. Se iba a echar a mi cama y esperaba que yo la tranquilizara a punta de mimos y regaloneos. En eso, la Niña siempre tuvo las cosas claras: conocía perfectamente la jerarquía de la casa... o por lo menos ella se hizo una propia.

Mi mamá era a quien podía despertar a las 6 ó 7 de la mañana cuando tenía hambre; mi hermano era el que tenía una cama cómoda y siempre deshecha como para hacerse un nidito; y yo era su mamá, a quien recurría en los momentos difíciles.


Así era mi Niña, mi gata mimada, mi compañera por más de 12 años y mi hija, la gata hermosa y adorada a la que hoy tuve que enterrar.

Hace un poco más de un mes la comenzamos a notar rara: comía menos y tenía una leve cojera, así que decidimos llamar al veterinario. En principio no le encontró nada mal, pero en un par de días se deterioró tanto que decidimos tomarle exámenes. El resultado fue demoledor: leucemia felina.

Hice todo lo que pude, le compramos comida especial y comenzamos su tratamiento, pero día tras día el panorama empeoraba y ya no sabía que hacer. Mi gata, otrora linda y orgullosa, se había convertido en una sombra de ella misma: postrada, adolorida y somnolienta. Una vida que ya no era vida.

Fue en ese minuto que me di cuenta que me he pasado más de la mitad de mi vida con esta sensación de pérdida permanente que es la enfermedad. Me pasó con mi papá desde que tenía unos 15 años y ahora me pasó con otro de los seres que más quiero en este mundo: mi gata.

Me faltan palabras para describir todo lo que la quiero y todo el dolor que siento en estos minutos, pero escribir esto es para mí un último homenaje a ella, por todo lo que me entregó. Tuve la suerte de tenerla conmigo durante más de 12 años y la suerte de que muriera en mis brazos, mientras yo la acunaba.

Hoy mi gata se fue a dormir para siempre y ahora descansa en mi jardín, bajo un macizo de flores que compré especialmente para ella y que espero que florezca hermoso esta primavera.






Este va por ella...

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sábado, 20 de junio de 2009

En su día...

Hoy es el día del padre. Segundo día del padre que no tengo a quién abrazar. El ánfora sobre mi librero brilla por la ausencia de aquél de quien sólo tengo sus cenizas.

Mentira. Tengo mucho más que eso. Por eso agradezco el meme que me dejaste, porque es una linda manera de recordarlo hoy: por las cosas que aprendí de él, aquellas cosas que no se olvidan y que están más vivas que nunca en mí.

Eso sí no pienso poner sólo 5 cosas... es su día y pondré las que salgan...

Cosas que aprendí de mi padre:

  • Que no da lo mismo cualquier pan porque nada en el mundo es capaz de reemplazar una marraqueta bien hecha, crujiente y calientita.
  • A compartir. Siempre me lo decía: "qué hay que hacer mi Charito?" "Hay que com-par-tir, papá!", le respondía yo con una sonrisa en mis labios, esperando que el resto compartiera sus pasteles conmigo.
  • A andar en bicicleta. A perderle el miedo, a andar sin las rueditas chicas. Al principio, como a mí me daba miedo, él me llevaba sujetando la parte de atrás del asiento y soltándola cuando yo no me daba cuenta, sólo para después decirme lo bien que lo había hecho yo solita. Que confiara en mí.
  • El respeto por los libros. Se deben guardar y cuidar como tesoros, no rayarlos, no doblarlos y no prestarlos a cualquiera.
  • A creer en mí y a superarme. “Este 6,5 puede ser un 6,8 y ese 6,8 puede ser un 7. Yo sé que tú puedes”, me decía cada vez que volvía de las reuniones del colegio.
  • Que el viejito pascuero no existía y que los regalos que encontraba en el arbolito eran los que con esfuerzo me había comprado mi mamá y él.
  • Me enseñó todas las operaciones matemáticas, a usar sus reglas especiales (tenía un montón!) y dibujar casas rectangulares (hasta el día de hoy las hago igual. Nunca fui muy brillante en arte).
  • Que ser la regalona no significaba chipe libre para hacer o tener lo que yo quisiera. Ser la regalona de mi papá significó que me exigiera mucho en todos los ámbitos, que tratara de traspasarme todo lo que él sabía y que me enseñara que amar no es permitir, sino que hacer todo para que la otra persona sea feliz; aún si eso quiere decir negar algo.
  • Que se puede amar sin admirar. O mejor dicho que puedo amar teniendo perfectamente claros los defectos y las virtudes de una persona y no por eso la voy a querer ni un ápice menos.
  • Que siempre puedo decidir, nada está escrito y la única regla es tener una buena razón. Que ninguna persona ni institución tiene el derecho a decidir por mí ni a decirme en qué debo creer. Que lo principal es creer en mí misma, y en mi capacidad para pensar, argumentar y decidir.
  • Me enseñó que la felicidad es algo concreto y contagioso que podemos encontrar en una carcajada estruendosa o cantando nuestra canción favorita.
  • Que una visita, una sonrisa y un abrazo podían ser el mejor regalo del mundo.
  • Que las pasiones no mueren. Sólo se quedan dormidas un rato.
  • Que la estatura y la dignidad no tiene que ver con centímetros ni con poder.
  • Que el tiempo no sepulta nada.

No soy la única que desearía abrazar a mi papá hoy. A ellos esta canción. Especialmente para mis amigos: Naty, Bárbara y Seba (los quiero mucho!).

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miércoles, 6 de mayo de 2009

Mi papá

No vivía con mi papá desde los 10 años. A esa edad, ellos se separaron y una parte de mi mundo se hizo añicos.


A los 14, cuando iba de visita a mi casa, no sabía cómo tratarlo. Me cargaba que mi mamá me pidiera que le ofreciera bebida o galletas porque nunca sabía si decirle “sírvase” o “sírvete”… no sabía si tratarlo de tú o de usted. En vano trataba de recordar un pasado juntos, donde la convivencia se daba naturalmente, donde yo era su niñita preferida, la regalona que se dormía en sus brazos.


A los 16 yo iba a visitarlo. Mi papá sufría de vértigo y un par de veces se cayó en la calle en el trayecto hacia mi casa, así que decidí que yo iba a hacer el viaje para verlo. Eran casi dos horas de camino. Con mi hermano nos aburríamos soberanamente, el viaje era largo, tedioso. En verano era horriblemente caluroso y en invierno un infierno que nos dejaba llenos de barro y calados hasta los huesos.


Justo el día antes de que cumpliera 18 años me avisaron del accidente de mi papá. Su primer accidente vascular. No podía ir al día siguiente porque tenía clases hasta tarde, pero en cambio fue mi tía.


Fui el sábado, dos días después. Mi mamá, mi hermano y mi tía se fueron directamente, yo antes tenía que hacer un ensayo de la PAA. El trayecto desde la casa central de la UC hasta la casa de mi papá fue horrible. Me pasé gran parte del camino imaginando en qué condiciones encontraría a mi papá, aleccionándome a mí misma porque tenía que ser fuerte. Me sentía con la obligación de ser su pilar en esos momentos. Quería ser yo la que lo cuidara.


Sin embargo, cuando lo vi postrado en la cama, con apenas algo de movimiento en sus brazos y emitiendo unos sonidos guturales, casi sin poder articular palabras, no pude más. Lo único que pude hacer fue echarme sobre él, abrazarlo y llorar. Él lloraba como una criatura, con un sonido sordo, ni siquiera eran gemidos ni suspiros… sonaba como un animal herido.


No podía caminar y apenas hablaba. Era agosto del 2001, en diciembre sería mi graduación de cuarto medio y mi papá me prometió que iría, que entraría caminando al salón para verme recibir mi diploma y, ojalá, algún premio a la excelencia académica.


Mi papá sólo pudo cumplir la mitad de su promesa. Increíblemente, en unos pocos meses recuperó el habla y se esforzó tanto que volvió a caminar. Incluso me mostraba como ‘gracia’ que podía hacerlo sin la ayuda del bastón. Lo hizo por mí. Sin embargo, el día de mi graduación no llegó.


Por más que lo busqué con la mirada, sólo vi a mi tía, a mi hermano y a mi mamá. Después de la ceremonia, mi mamá me explicó que lo había ido a buscar en el taxi de un amigo, pero mi papá se comenzó a sentir mal, le vinieron mareos y náuseas y tuvieron que devolverse a la casa.


Al otro día fui a verlo. Estaba en cama. Yo creo que lo que más le dolía era no haber estado en mi graduación. No importa le dije, tú estás hablando, estás caminando, lo lograste… y todo eso lo hiciste por mi.


Mi papá se recuperó, pero nunca volvió a ser el mismo hombre. La vejez se adueñó de él como si fuera una enfermedad.


Después del accidente mi abuela no volvió a poner los pies en la tierra. El Alheimer hacía mella en su ya débil humanidad día tras día. Mi papá decidió que estaría mejor en un hogar. El problema es que él se quedó solo.

Era incapaz de valerse por sí mismo, no tan sólo por la merma en sus habilidades físicas y mentales que había ocasionado el ataque cerebral, sino por la crianza que le dio mi abuela. Mi padre, hijo único, con un complejo de Edipo del porte de un buque, jamás aprendió a cocinarse ni siquiera un huevo duro. Mi abuela jamás lo dejó entrar a la cocina y fabricó un inútil incapaz de valerse por si mismo.


Eso, y el hecho de que mi papá realmente la echaba de menos, gatilló su decisión de irse al mismo hogar donde estaba mi abuela.


Ahora ya no tenía que ir a verlo a su casa, sino a un hogar de ancianos. Muchas veces tuve que aguantarme para no ponerme a llorar delante de él. Muchas veces mi hermano se negaba a acompañarme, así que tenía que ir sola e inventar algo para no decirle a mi papá que mi hermano no quería ir a verlo porque ese ambiente le deprimía.


Muchas noches me dormí llorando, sintiéndome una inútil, ideando formas de convencer a mi hermano para acompañarme… ideando formas de arreglar un mundo irremediablemente roto hacía años…


Mi papá se fue deteriorando poco a poco. Después de la muerte de mi abuela ese proceso se aceleró y se hizo cada vez más evidente.


Mi papá no tenía ganas de vivir así. Él, que siempre había sido un hombre activo, él, que pensaba que iba a ser eternamente joven.


Mientras, yo seguía siendo la fuerte, la que desde la separación de mis padres había pasado a ser el tutor de mi hermano, la que tenía un excelente rendimiento académico, la que casi nunca lloraba delante del resto, la que se había convertido en el bastón de su padre. Mi mamá lo sabía y se apoyaba en mí. Mi papá lo sabía y lo fomentaba, como siempre había hecho. “Tú eres el hombre de la casa”, le decía a mi hermano, “tú tienes que cuidar a la mamá, ¿ya?”. Y después, cuando mi hermano estaba lejos, me miraba con sus ojazos cafés y me decía “Cuídalo por mí”. Y yo se lo prometía, siempe.


Cada vez caminaba menos, sus articulaciones se iban anquilosando e iba quedando postrado. Yo ya no sabía cómo decirle que tenía que hacer ejercicio, que tenía que caminar. Sólo lo hacía cuando yo iba, todos los fines de semana. Era como si el resto del tiempo no encontrara los motivos suficientes.


Un día me enteré de que había vendido su casa sin decirnos nada. Fue la gota que rebalsó el vaso. Todas las cosas que había guardado todos esos años, todo lo que había enterrado con la ayuda del tiempo salió a flote, toda la mierda que guardaba en el corazón. La eterna sensación de abandono, de que había preferido estar con su madre a seguir a mi lado, la traición que para mí, en ese entonces una niña de 10 años, había significado que mi padre, mi héroe, la persona que más amaba en el mundo hubiese preferido quedarse con la vieja de mierda de mi abuela. Eso y muchas cosas más. Pero principalmente eso.


Me armé de valor y fui un día con la única motivación de decírselo a la cara. Se lo escupí, se lo grité, se lo dije llorando sintiendo que el corazón era una masa informe que se extendía por todo mi cuerpo.


No volví a verlo por más de un mes. No me atrevía.


Sin embargo volví. No sabía cómo me iba a recibir, cómo iba a reaccionar. Aunque debería haberlo sabido de antemano: me abrazó, llorando, y me dijo que me había echado de menos.


Yo también. Hacía 9 años que lo echaba de menos, hacía 9 años que quería sentir que lo abrazaba y que volvía a ser su niña… la niña de sus ojos…


Es cierto, volví a ser su niñita, pero nada volvió a ser como era. Él ya no era el hombre lleno de energía, autoritario, de voz poderosa y de risa estruendosa, ya no era el que golpeaba la mesa, el que daba órdenes y eternos sermones sobre la vida. Mi papá se había convertido en un anciano apagado, de llanto fácil y dulce.

Si miraba al fondo de sus ojos veía lo que quedaba de ese hombre que había sido, cuando se enojaba todavía intentaba levantar su voz resquebrajada, herida de muerte después del accidente. Sí, seguía siendo él, pero tras esa corteza cada día más inútil, más vieja y enferma.


Había días en que rezaba para que su agonía no siguiera. Sabía que mi papá querría seguir viviendo, verme titulada, verme con hijos, verme feliz… pero también sabía que no soportaba hacerlo así.


Siempre pensé que el día que muriera la sensación predominante en mí sería una mezcla de alivio y tranquilidad. Mentira. Sólo hubo y hay dolor. Un dolor que quema y no cede. Una sensación de abandono todavía peor que la anterior... un eco que repite constantemente ‘nunca más'.


Paradojas de esta vida: gracias a su muerte hemos vuelto a vivir juntos. No vivía con mi papá desde los 10 años y ahora, a los 25 es lo primero que veo al levantarme y lo último que veo al acostarme. El ánfora con sus cenizas descansa en el pequeño librero que tengo a los pies de mi cama… después de quince años volvemos a compartir el mismo techo…

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viernes, 13 de febrero de 2009

De todo un poco

Hola a todos, no he podido actualizar no porque de verdad no haya podido, sino porque definitivamente se está mejor durmiendo siesta al ladito de la piscina que está en el cerro, justo entre medio de un bosquecito de guayacanes y litres, acá en el Cajón del Maipo (prometo un próximo post con fotos).

Mis vacaciones consisten en venirme aquí arriba con mi novio para cuidar la casa de sus padres (muajajaajaja!). ¿Obligaciones? Mantener limpia la casa, regar la parcela y el jardín unas 3 veces por semana, limpiar la piscina, darle comida a los perros... como verán todas cosas terriblemente agotadoras que, por supuesto no nos dejan tiempo para chapotear en el agua, leer, ver pelis y... ehmmm... hacer cosas de adultos =P

Avanzo página tras página entre conspiraciones, templarios y rosacruces por "El péndulo de Foucault". No sé porqué, pero este último tiempo han caído en mis manos demasiados libros de conspiraciones planetarias... el reino de Agharta ha pasado a ser casi un lugar común.

También hemos visto pelis (y pretendemos ver todavía más! n_n). Hace poquito rato vimos "Scoop" de Woody Allen (entretenida, pero pálida al lado de otras como "Manhattan") y anteayer vi (por fin!) "Big Fish". Mientras la cámara se quedaba con la negra y fantástica criatura no pude evitar que las lágrimas rodaran por mi cara. Pensaba en mi padre y en las historias que solía contarme, después de todo yo nací cuando él ya había vivido una vida entera (tenía ya 50 años), venía de vuelta de muchas cosas y, sin embargo, nunca dejó de viajar.

Fue uno de esos llantos silenciosos. Sentado a mi lado, abrazándome, estaba mi novio. Seguramente él ya había oído los cada vez más rápidos e inconstantes latidos de mi corazón, que saltaba de recuerdo en recuerdo, ansioso de quedarse a vivir en un pasado que ahora le resultaba doloroso.

Mientras los nombres del elenco subían y se perdían en la pantalla, mis lágrimas caían por mis mejillas, como un pequeño y cálido torrente. No podía dejar de pensar en mi papá como ese gran pez, el héroe de mi infancia, el villano de mi adolescencia, el mártir y el salvador. Al que amo y al echo de menos con un dolor que quema, que duele...

En una semana se cumple un año desde que murió, y aunque ya no lloro noche por medio, eso no significa que la tristeza haya dado pie atrás. Sigue ahí, ahora acomodada en mis entrañas, con un lugar permanente en mi corazón. Cada cierto tiempo yo la saco a pasear porque me gusta que me habite. Otras tantas veces sale sin mi permiso.


En la pantalla no dejaban de aparecer nombres. Mi novio me abrazó, me acarició la cara y notó las lágrimas. Alcé la vista y lo miré... no tenía que decirle nada más...

- "Deberíamos escribir sus historias" - me dijo, mientras yo desviaba la mirada y me acurrucaba en su pecho pensando que tenía razón. Debería escribir sus historias.

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jueves, 25 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

La Navidad es el tiempo de compartir con la familia, da lo mismo en qué se cree. Mi familia es pequeña y disidente de casi todo. Especialmente de la religión. Es tradición ya eso de dudar, de pensar hasta que la idea del hombre invisible que te cuida suena tan tonto como el viejo pascuero.

Creemos en nosotros mismos, en nuestro amor y en permanecer unidos. Creemos que si queremos, podemos, y si podemos es porque lo queremos. Creemos que los únicos problemas realmente imposibles de cambiar son la Constitución y la muerte. Creemos que somos una familia más grande de lo que los demás piensan, porque ellos no se dan cuenta que la mitad son nuestros hermanos animales. Creemos que el amor es lo más importante, pero que no puedes vivir de él. Creemos que poner algodón en el árbol y comer pavo es lo más ridículo que hay. Creemos que el supuesto nacimiento de ese bebé, que nadie sabe exactamente qué es lo que hizo, lo que dijo y lo que dejó de hacer, es la excusa perfecta para juntarnos a brindar por nosotros mismos.

Casi sin regalos de por medio. Estar juntos y compartir una rica cena es nuestro regalo común. Saber que no somos la familia ideal, ni pretendemos serlo, pero que somos inmensamente felices juntos. Casi todos.

Esta Navidad tiene de dulce y de agraz. Un día como hoy hace exactamente un año fue la última vez que pude conversar con mi papá y verlo reír. No está, es cierto, pero estoy yo y, de alguna forma, a través mío, está también mi papá.

Por eso entremedio de las lágrimas que nadie verá, sonreiré. Sonreiré por haberte conocido, porque fuiste mi gran regalo en la vida, papá.

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martes, 18 de noviembre de 2008

Mi hermano

Recuerdo eternas tardes de verano, cuando con mi mamá nos íbamos después de almuerzo a la plaza de la esquina a leer. Yo tenía poco más de 5 años y mi mamá me leía "Ami, el niño de las estrellas" y "La Vuelta al Mundo en 80 días". Con su enorme panza se echaba en el pasto, al lado mío, y, mientras yo veía fascinada las ilustraciones que mostraban al gran Phileas Fogg yendo de un lado para otro, ponía atención a la cristalina voz de mi madre.


En abril de ese año nació mi hermano. Mi único hermano. Hacía mucho frío cuando lo fui a ver a la Clínica el día que nació. La verdad yo no me acuerdo mucho. Mi tía me contó la historia de cómo la pequeña de cinco años y medio, abrigada con su poncho, iba de su mano cantando una canción que sonaba algo así como: "shabadá shabadá", mientras no paraba de reír entre nerviosa y feliz.


Se trataba de un descubrimiento, una cosa nueva. El hermanito tan anunciado finalmente había salido de la panza de mamá y ahora era un bebé pequeño, rojo y gritón. Llegó a revolucionar mi casa y mi vida, que hasta entonces correspondía a la vida de una pequeña de cinco años y medio, criada como hija única (no por ello una princesita malcriada), regalona (sobre todo de mi papá) y siempre mirada con recelo por mi abuela (paterna).


Mi hermano rápidamente se convirtió en el regalón de mi mamá y de mi abuela. Como mis padres trabajaban casi todo el día, quien nos cuidaba era ésta última. Mi abuela, que jamás había pasado a mi mamá, que jamás había demostrado mucho cariño hacia mí (el hecho de que me pareciera tanto a mi mamá sólo empeoraba las cosas), cayó rendida ante el pequeño reyecito. Según ella le recordaba a mi papá cuando era pequeño.

Casi no me dejaba ver a mi hermano y nunca me dejó tomarlo en brazos. Me decía que yo tenía las "manos de hacha", que se me podía caer, que le podía hacer daño. Hasta el día de hoy no puedo tomar a un bebé en brazos por temor a que realmente le pase algo. La única instancia en que podía estar con mi hermano era cuando llegaba mi mamá en la noche, y me pedía ayuda para bañarlo, y los fines de semana.


Desde chico fue nervioso, llorón y mimado. Me sacaba de quicio que, sin casi mediar provocación, se pusiera a llorar y que mi mamá le diera siempre la razón. Todo lo asustaba. Me acuerdo que yo lo perseguía por la casa de mi tía (cuando ya mis papás se habían separado) asustándolo con la famosa “mano pegaloca”... mi hermano le tenía terror. Cuando me hartaba, le pegaba.


Nunca tuvimos mucha cercanía física, no éramos de hacernos cariño o abrazarnos. Yo lo atribuyo a la distancia que desde pequeños mi abuela creó entre nosotros.


Pocos años después que mis papás se separaran, yo pasé a asumir un rol de autoridad con mi hermano. Lo mandaba a hacer las tareas, lo retaba cuando le faltaba el respeto a mi mamá y lo obligaba a ordenar su pieza. Muchas veces mi hermano me hacía más caso a mí que a ella. Por muchos años fui su padre, no su hermana.


De un tiempo a esta parte (digamos unos 3 ó 4 años) mi hermano se ha convertido, por fin, en mi partner. Por fin nos podemos tratar como iguales, hacernos bromas, reírnos como los cabros chicos que todavía somos, salir a comprar, a vitrinear e incluso a carretear juntos, ponernos de acuerdo para molestar a mi mamá, dividirnos las labores de la casa, comentar las noticias, escuchar música y conversar de cosas superfluas o profundas.



Mi hermano chico está grande. El año pasado salió del colegio y, mientras decide qué y dónde estudiar, está trabajando. Tiene amigos, se junta con ellos a echar la talla y tomar chelas, se compra ropa y discos... ya no es el pendejo mamón al que yo mandoneaba y le pegaba. Ahora es un tipo con las cosas más claras, más fuerte, con más herramientas para enfrentar la vida, inteligente y despierto.


Me emociona hablar de mi hermano, ver lo que ha crecido él y cómo ha crecido nuestra relación. Confieso que quiero al cabro chico, que me muero si le pasa algo y que sería capaz de llegar hasta el fin del mundo si él me necesita.

Quizás tuvimos que recorrer todo este camino para llegar a donde estamos. Desencontrarnos para volver a encontrarnos. Pelearnos, gritarnos y hasta pegarnos. Ser su padre para aprender a ser su hermana. Quién sabe.


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lunes, 20 de octubre de 2008

La felicidad es un instante eterno



"Creo en la vida eterna en este mundo,
hay momentos en que el tiempo se detiene de repente
para dar lugar a la eternidad".
Fiodor Dostoievski


Esta foto fue tomada el 2 de enero de este año. Con mi hermano y mi novio, habíamos ido a pasar el año nuevo a Valparaíso, al departamento que la abuelita de mi novio tiene allá y ese día decidimos que íbamos a ir a la playa.

Programé la alarma de mi celular inusualmente temprano para que alcanzáramos a tomar desayuno y llegar antes que nadie a la playa. Por suerte tenía mi teléfono encendido. No pasaron ni 15 minutos y me llaman del lugar donde estaba mi papá, avisándome que se había enfermado (no sabían de qué), pero me decían que era grave y que lo habían trasladado al hospital.

Sin embargo, igual fuimos a la playa. Disfrutamos a concho esos minutos corriendo, jugando, haciendo tonteras... fue justo antes de que comenzara el infierno.

Tiene que ser como la alegría del condenado a muerte cuando contempla su último amanecer, ésa que uno quiere disfrutar a como dé lugar, no importa lo que pase después. Que todo se vaya al infierno, que el mundo se vaya al carajo... que tu mundo se caiga a pedazos...

Y mi mundo se hizo pedazos...

Eso fue lo que vino después. Lo sabía. Yo creo que los chicos también. Por eso quisimos disfrutarlo, por eso nuestras caras reflejan genuina alegría, porque la sentimos. A pesar de los llamados cada media hora que sólo aumentaban la incertidumbre, a pesar de los malos presentimientos... a pesar del mundo, nosotros decidimos ser felices por un par de horas.

Después me enteré que mi papá había sufrido su segundo accidente cerebro-vascular. Que estaba mal, que estaba inconsciente. Lo que yo no sabía era que jamás iba a despertar, que jamás lo iba a escuchar otra vez... que jamás volvería a abrazarme. Su mirada tuve el placer de verla una vez más, una semana antes de que muriera.

Por eso me gusta esta foto, porque a pesar de saber que algo andaba mal, transmite una alegría enorme. No crean que fue triste. Realmente fuimos felices esa mañana. A ratos me olvidaba completamente de lo que estaba pasando a cientos de kilómetros de distancia... ya tendría todo el tiempo del mundo para eso. Ese era tiempo de reír. Reír como si el mundo se fuera a acabar.

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martes, 7 de octubre de 2008

Los dones de mamá

Mi mamá tiene un don: cada vez que va al supermercado vuelve cargada con cosas que no necesitamos. Antes de salir de casa siempre hace una lista mental que nunca respeta y, como resultado, compra lo que no hace falta, en vez de lo que sí hace falta.

Gracias a eso, el panorama de mi despensa es un tanto raro: no hay fósforos, pero hay mayonesa (yo soy la única que como mayonesa en mi casa), no hay servilletas, pero hay palmitos, no hay confort, pero hay pisco sour...

Pero no es su única capacidad, además de comprar cosas innecesarias, siempre compra lo que no nos gusta. Tiene una increíble capacidad para olvidar los gustos míos y los de mi hermano.

Claro, logra recordar los más evidentes: que al Omar le gusta lo salado, en especial la pizza, y que a mi me gustan los dulces, especialmente los pasteles (culinariamente hablando, cualquier nexo con mi vida privada es sólo coincidencia).

En todo el resto, indefectiblemente, falla. Anteayer sin ir más lejos abrí el refri y me encontré con la agradable sorpresa de que mi madre había comprado un par de yoghurts*. Sonreí al verlos, pero mi felicidad se acabó cuando comprobé que eran unos con trozos de durazno... a mi me gusta el yoghurt batido, como mucho los que tienen pedazos de algún berrie... pero nunca los que tienen pedazos de otras frutas!

Hoy en la mañana volvió a suceder: además de la mantequilla y la mermelada de rigor, había un queso crema. Ni a mi ni a mi hermano nos gusta mucho el queso crema. Queso, jamón, incluso paté, pero queso crema? :S (sólo para las onces masivas con amigos con poca plata).

¿Realmente es tan difícil aprenderse los gustos más básicos de las personas con las que has vivido como 20 años? No, lo verdaderamente difícil es olvidarlos, por eso creo que lo de mi mamá es un don. Es un don que, a fin de mes cuando recurrimos a los jugos en polvo, siga prefiriendo los 2 que destesto: durazno y melón tuna. Es un don que cada cierto tiempo le de por comprar justo el tipo de fideos que no me gusta, los canutones, cuando paso perfectamente a todo el resto.

Pero lejos, la mejor parte, es cuando se lo hago saber:

Yo: Mamá, tengo sed, ¿hay jugo o algo que no sea agua con cloro?
Mamá: Si, ayer compré un par y en el refri dejé uno de melón tuna preparado.
Yo: Pero mamá, si tú sabes que odio el jugo de melón tuna!

Y aquí viene la cara priceless de mi mamá, donde me queda mirando y con su voz más tierna me dice:

Mamá:
¿En serio? Pucha, se me olvidó, lo siento.
Yo: Pero mamá si te lo he dicho mil veces!

Si refunfuño y me quejo mucho, sacándole en cara que justo compra lo que no me gusta, viene la reacción menos tierna:

Mamá: Bueno, entonces toma agua de la llave o anda tú a comprarlos la próxima vez - y se ofende-.

¿Qué puedo decir? ¡Me encanta mi vieja! Me encanta que no sea la típica dueña de casa gruñona, que se desvive por tener la casa reluciendo como un espejo. Me encanta que sea un poco volada, aunque en ocasiones me saque un poco de quicio. Me encanta que nos podamos reír juntas, conversar de la vida y del amor, ver estupideces en la tele y, de vez en cuando, salir a caminar.

No, no me gusta a pesar de todo... me gusta por todo (el que a veces la deteste es parte del pack)


* Para que entiendan mi alegría, les tengo que explicar que el refri y la despensa de mi casa, son como el refri y la despensa de un soltero: usualmente no pasan de tener lo esencial para alimentarnos, lo que obviamente incluye cosas tan importantes para una buena nutrición como son los fideos, el arroz, las papas fritas y los chocolates.

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lunes, 7 de abril de 2008

... nunca más...

Por fin creo entender que significan estas 2 palabritas combinadas. Por fin se abre ante mi el abismo infinito que esconden estas letras que antes pensaba que comprendía, pero lo cierto es que sólo las lograba asociar a un vago concepto. Ahora ya no tengo sólo el conocimiento teórico... hay veces en que lamento tenerlo tan claro porque el sólo hecho de saberlo me duele...

Me duele saber que no veré nunca más tu mirada, que nunca más escucharé tu voz, que nunca más podré abrazarte, que nunca más escucharé tus consejos, tus retos, tus sermones y tus felicitaciones, que nunca más sentiré tu olor, ni tu risa, ni tu llanto, que nunca más... que lo único que me queda de ti son mis recuerdos y soy yo misma...

El vacío es demasiado grande y yo solamente tengo tus imágenes en mi mente... si me esfuerzo un poco las puedo poner en movimiento, puedo transportarme a algún recuerdo donde estemos ambos, felices... puedo incluso revivir tu voz... esa que nunca más escucharé realmente, salvo cuando vuelvas por mí...

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